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CANTO A POPAYAN

Por Guillermo Valencia. (20 octubre 1873-8 julio 1843)

Glorificate a la citá fecunda. Gabriel D’Annunzio.

Ni mármoles épicos, claros de lumbre y coronas,

ni muros invictos, que prósperos hierros defiendan,

y guarden leones de tranquila postura triunfal;

ni erectas pirámides -urnas al genio propicias-

magníficamente tu fama dilatan, sonora,

con voces eternas, ¡fecunda Ciudad maternal!

 

Extática, lúgubre, las procelosas cuadrigas

tu sueño sacuden, ¡nostálgico pozo de olvido!

Abejas de Jonia melifican del árbol en flor

que nutres, y al águila, ebria de luz y viento,

las garras febriles y el pecho tremente de luchas,

aplacan tus gélicas aguas de amargo sabor.

 

Tú vives del silencio... Cércante vigilantes colinas,

do el Monte puro bajo el azul destella.

Sofrenas tu río, alma viva del gesto fugaz,

y el ánfora esbelta, rica de sangre augusta,

perenne derramas, al brillo de estrellas insomnes...

¡y brotan las bélicas palmas en lírico haz!

 

Tu vives del pasado. Púrpura de razas soberbias

en prófugo instante volaba quemando tus hombros,

y en púberes gajos reían las pomas de miel...

¡Levanta! ¡la túnica fulge de honor y heridas!

acudan tus buenos u el rostro marchito restauren,

¡y mullan tus sendas con hojas de nuevo laurel!

 

Vives del futuro. Las árticas brumas del tiempo

rasgas; con ojos sabios interrogas la Noche;

Y tus hijos epónimos magnifican el prístimo azur

con trémulos halos, y miras tu raza ventura

feliz en la fuerza, feliz en sondar el misterio,

que puso en el éter el místico Signo del Sur.

 

Tú vives de tus glorias. En himno sin término vuelan

tu soberbia esperanza con alas de victoria,

tus bruñidos escudos, tu gladio de fosco metal.

Con numeroso verbo tus triunfos en ágora enalba,

y, costálida fuente, sólo por tí murmulla

del héroe aquilino la pródiga voz de cristal.

 

Y vives de tus dones. Tu mísera gente africana

por tí las manos muestra, sin hierros, a la Vida,

y, en férvido ahinco, monumentos de forma sin fin

erige con el bronce vivo de sus progenies

que en móviles gruños, de toscas o nobles figuras

relievan tu hazaña, ¡del uno hasta el otro confín!...

 

Y vives de imposibles. Al óptimo, audaz Caballero,

Señor de la Mancha, de escuálida, triste figura,

sepulcro le diste bajo un roble de añosa virtud.

¡Patético hidalgo! de prez tus armas brillan:

dos veces tus pares probaron al orbe su temple:

en trágico golfo, tu yelmo; tu lanza, en ¡Cuaspud!

 

Tú vives del martirio. Monótono arroyo de sangre

afluye de tu pecho al ávido mar sin orillas...

Del Orto al Poniente glorifica tu sino -¡la Cruz!-

Al ara fatídica llevan, cual eterno holocausto,

su genio tu prócer; el mútilo, Camilo;

tu víctima sacra, sus púdicos lirios de luz...

 

Y vives del orgullo. Colérica tribu de azores

tus marchas preside. Las víboras mudas se tuercen

al golpe moroso de tu centro de insigne marfil.

A ti los relámpagos ciñen radial corona;

a ti las tempestades rinden sus espadas de oro;

conquistas evoca tu rostro de fiero perfil.

 

Y vives con tu cielo, libélula errante cogida

entre las redes que urde la luz de monte a monte.

-La tarde se mustia... Figuras teñidas de tul

agrúpanse pávidas... Arde implacable hoguera:

el cóncavo cruzan torbellinos de nácares y oro,

y el Rey degollado mil veces purpura el azul...

 

En lóbregas simas tu savia la plebe concentra

como el carbón sepulto, la chispa milenaria.

Tus bíblicas madres, cual espigas al beso de abril,

inclínanse grávidas... Fluyan eternamente,

como las aguas mudas entre las selvas mudas,

tus próceres gérmenes de fausto ¡vigor juvenil!

 

Guillermo Valencia.

 

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