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LA ÑAPANGA PAYANESA, UNICA EN LO AUTENTICO

Es La Ñapanga Payanesa el producto de los amores del Señorito de Sociedad con la humilde mestiza hija del pueblo?

Cierto. Cualquier estudio etnológico que sobre el tema se realice resiste incólume esta afirmación y la sostiene.

Indudablemente, esos espléndidos ojos negros, a veces cafés, a veces azules, enmarcados en facciones de perfección que invita a la caricia, en una piel canela de tersura infinita, cuello largo que sostiene con garbo la vivaz cabeza enmarcada en largas trenzas, ora negras, ora rubias, ora castaño claras; clavel rojo encarnado que adorna la bella cabellera cuyas trenzas recorren como si abandonadas, palpitante garganta y restallante seno, diminuta cintura que sostienen cimbreantes caderas que parecen bailar todo el arte morisco, tobillos asombrosos por bellos y triunfantes que anuncian la espléndida hermosura de ese pie diminuto, escondido en apenas una áspera alpargata.

Toda esta maravillosa imagen femenina no pudo ser más que el producto de la conjunción de dos razas que han construido historia, tradición, gestas galantes o epopeyas bizarras. La Ñapanga, el colofón racial del color blanco, sonrosada, cadenciosa y vibrante, mezcla de la India de Pubenza de aquí, del Nuevo Mundo y el bravío Español del Mundo Viejo.

En su atuendo se mezclan el anaco del indio, la bayeta tejida en los telares de rústicas viviendas, el chumbe, la guasca de cabuya, el oro de filigrana tosca, modelando el más hermoso traje, inspirado en la imagen de trashumante hembra que viniera de España, una Gitana, sí, éso es, una Gitana, que fugada de España, de allá de Andalucía, se viniera a la grupa del blasonado hidalgo que inventara en sus noches de insomnio y fantasía, un trasnochado manco.

El chumbe de colores ceñido a la cintura se entrelaza por sobre la faltriquera verde, encendida en un bello bermellón del cintillo, el azul del refajo de una simple bayeta, tejida por las manos de una India Guambiana, desplaza así el faldón, de gran labor, bordado de la atrás mencionada, la Gitana Andaluz.

En grandes ocasiones un pesado rosario adorna esa garganta que, para sí, quisiera la diosa del amor. Para los días comunes una pequeña cinta de terciopelo negro con imagen cristiana representa a Jesús, las rosadas orejas con zarcillos pendientes, o candongas, o solas, pues solas se ven bien.

Los hombros tan torneados, tan blancos y atrevidos y los senos turgentes, erguidos, que se mueven como aves juguetonas, cada vez que su sangre revuelve como un pez, en la blusa de gola de lienzo transparente, con sugestivo encaje que esconde los encantos que apenas se entrevén, hiladillas de seda de vistosos colores ocultan los pezones que nadie puede ver, y la manga abombada de bolero muy ancho, que se agrega al follado de colores vistosos, de la misma bayeta de que ántes les hablé. Amplia enagua de lienzo protege la tersura de ese muslo impecable a la áspera caricia de la burda bayeta.

Rematando el atuendo, el largo encaje blanco, furtivo y juguetón, entre blancos tobillos de infantil suavidad. Las sueltas alpargatas de cabuya trenzada, dejan, así como al desaire ver el pie diminuto que parece burlarse al tratar de salir; su talón sonrosado y la piel delicada de tanto que lo cuida parece virginal.

Y así es nuestra Ñapanga cuando rompe el Bambuco, alegre, vivaracha, ansiosa por vivir, y lo baila en puntillas, ampliando los compases, al ritmo de las flautas, los tambores, los triángulos, de arrías, chirimías, o clásicas guitarras, de tiples, de bandolas, al sonido de voces de amigos, de parientes o cantado por ella con gracia sin igual.

Va delante de Cristo muy seria y recogida, manteniendo encendido el sahumerio que indica su adoración por El, él es su Caballero, su Señor, y le ofrece sus dones, el olor del incienso, su eterno amor, su fe. En ella se mezclaron el sol del sur de España y la bruma apacible de la América India que aquí la vió nacer.

Oscar Tobar Gómez

 

Popayán, Diciembre de 1.999

 


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