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Por Oscar Tobar Gómez


El Principio

Conquistado todo el Tahuantinsuyu, el poderoso imperio de los Incas quedó en manos del conquistador español, el invasor organizó su gobierno e impuso sus leyes a los recién conquistados basándose en cruces, látigo, terror y acero, e inició la expansión de sus dominios allende sus fronteras.

El Marqués de Atavillos, Don Francisco Pizarro, Gobernador y Capitán General de La Nueva Castilla, ordenó de inmediato a sus tenientes, la fundación de nuevas villas en todo el territorio, entre ellas, San Francisco de Quito, al norte del extenso imperio, último reducto de la civilización inca, tierras que fueran del aguerrido Rumiñahui y del sacrificado Atahualpa.

El Teniente Don Sebastián de Belalcázar, fundó así la ciudad el 6 de Diciembre de 1.534. Allí escuchó estupefacto las narraciones de El Dorado y decidido a conquistar su propia gobernación se dirige al norte con sus antiguos compañeros, aquellos de la conquista de Nicaragua. Con él van, Pedro de Puelles, Melchor Valdez, Juan de Cabrera, Miguel López Muñoz, Jorge Robledo, Francisco García de Tobar, Juan Muñoz de Collantes, Hernán Sánchez Murillo, Martín de Amoroto, Ruy Vanegas, Sancho Sánchez de Avila, Luis Daza, Pedro Bazan, Hernán Álvarez de Saavedra, Pedro Cobos, Pedro Cepero, Alonso Sánchez, Cristóbal y Sebastián Quintero, Francisco de Belalcázar, ( su hijo ), Gonzalo Gómez, Alonso de Fuenmayor, Vasco de Guzmán, Cristóbal de Mosquera, Luis de Mideros, Martín Muñoz, Florencio Serrano, Juan del Río, Pedro de Añasco, Juan de Ampúdia, Pedro de Guzmán, Luis de Lizana, Martín Ñañez Tafur, y otros que después fueron notables en Popayán y el Nuevo Reino de Granada.

Estos hombres, prototipo de una raza nacida en medio de los horrores de la reconquista, allá en la lejana España, varones tremendos, hijos de un siglo apenas salido de la dureza medieval, caballeros de su Rey y de su Patria, seres en plena fecundación, pleno orgasmo de un mundo en ansias genésicas, que destruyen y crean, que atropellan y edifican, que pasan como la tempestad asolando cuanto encuentran, que si buscan oro, ansían la Gloria, que si son esforzados para su provecho no olvidan el de su Rey y el de su Dios, estos seres, hijos de una Europa en Renacimiento, pero no de las clases sociales en las que el humanismo germina con su brillo deslumbrante, sino de la llamada nobleza guerrera o campestre, de labradores de Castilla, en las cuales el menosprecio de la sangre propia o ajena, tiene aún acentos épicos y la dura crudeza del medioevo.

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El Conquistador

Plumilla de Enrique Gómez

Hombres que si bien son producto del viejo mundo, han sufrido toda la influencia primitiva del nuevo, hombres que enfrentados a la barbarie sanguinaria de comunidades primigenias, debieron convertirse en bestias, todo instinto, para no ser inmolados en los altares como homenaje a dioses todo sangre y como alimento en fiestas rituales de victoria de tribus antropófagas, seres que en medio de la dureza del quehacer, no dejaron nunca de adorar a su Dios con la convicción de la fe ciega y que para perpetuarse ejercieron el poder revestido con formas de terror y de muerte. De ellos el mismo Juan de Castellanos diría en sus cuartillas:

"Quedo con belalcázar de su grado

Mucha gente de la recién venida

Bastantes en esfuerzo y en prudencia

Para desbaratar cualquier potencia,

Destos fue Juan de Ampúdia,

Juan Cabrera, Juan del Río con

Baltasar su hermano,

El Capitán Tobar, Muñoz, Mosquera,

Luis Mideros, Florencio Serrano,

Vivos aquestos dos en esta era,

El Capitán Añasco Sevillano,

Con otro primo suyo cabal hombre,

Pedros entrambos y del mismo nombre.

Pedro de Guzmán, Luis de Lizana,

Avendaño, Juan Muñoz de Collantes,

Martín Nañez Tafur, de quien no vana

Fama publica ser hombres bastantes,

Según en paría y en Maracapana.

Anduvieron gran numero de días

Rompiendo por montañas despobladas

Tristes, lluviosas, cenagosas, frías.

De luz y de salud desamparadas

De por medio las altas serranías

Y cordilleras de sierras nevadas

Que dividen la poderosa vena

Del río Cauca y de la Magdalena."

Así, luchando contra lo desconocido y los indígenas enfurecidos, que organizados a su modo, pero en cuantioso número, defendían la tierra con encono, el Capitán Belalcázar funda a Santiago de Cali, en Julio de 1.536 y a Popayán en febrero de 1.537, en septiembre del mismo año funda a Pasto, en 1.538 funda a Timaná en su nombre, el capitán Pedro de Añasco.

Mientras que Belalcázar se encuentra con, Gonzalo Jiménez de Quezada y Nicolás de Federmán, en la fundación de Santa Fe de Bogotá el 27 de abril de 1.539, y parte para España.

Entre tanto y cumpliendo la orden del Capitán Belalcázar, Pedro de Añasco, había fundado en la parte meridional del valle del Magdalena una colonia con el nombre de Timaná. Al realizar el repartimiento de los indígenas por encomiendas, uno de los caciques de prestigio, se negó a concurrir al repartimiento, por lo que Añasco enfurecido lo mandó quemar en la hoguera; este joven cacique era hijo de una mujer que pasaría a la historia con título de heroína de los fueros indígenas, los españoles la llamaron,

La Gaitana

Presenció silenciosa el sacrificio de su hijo y lo vió terminar sin proferir ni quejas, ni amenazas. Pero luego emprendió feroz campaña, sublevando tribu por tribu, incitando a los indígenas a la rebelión y a la venganza, comprometiendo para ello al más importante entre los caciques, el cacique Pigoanza, jefe de los temibles Yalcones, quien estableció alianza con los Paeces, Apirámas y Guanácas.

Así una mañana, la incipiente colonia al mando del sanguinario Añasco, se vió atacada por cinco mil salvajes enfurecidos, fueron muy pocos los españoles que lograron salvarse y el Capitán Añasco fue tomado vivo y entregado a la Gaitana, quien procedió a sacarle los ojos, echándole un dogal al cuello, lo llevo por toda la comarca, cortándole en cada lugar, uno de los miembros del cuerpo, hasta que expiró desfallecido.

La raza aborigen

Ensoberbecidos con su triunfo, los naturales deciden continuar la matanza de los castellanos, se realiza así la unión de las tribus más hostiles y a la cabeza tienen como jefes a los terribles Pigoanza, Aniobongo y Meco, caciques de reconocido prestigio y actitud guerrera.

Fueron asoladas todas las villas y rancherías, recién fundadas, la crueldad de los aborígenes tomó proporciones de físico terror, no pasaba un solo día sin que los ataques a pequeños poblados y encomiendas, fueran de proporciones dramáticas, hasta el punto que los castellanos debieron replegarse hasta las zonas habitadas y finalmente solicitar ayuda a Popayán, donde el Capitán Juan de Ampúdia era regente, en ausencia de Sebastián de Belalcázar.

Sabida la suerte del mutilado y muerto Añasco y de la sublevación de Yalcones y Paeces, Ampúdia decide salir en defensa de la colonia de Timaná, se preparan cien hombres para castigar la insolencia de los indios.

El pequeño ejercito pasó la cordillera sin obstáculos, corría el año de 1.540, en la zona de la quebrada llamada de Apirama, avistó a los Yalcones y después de un reñido combate los puso en fuga, pero el grueso de las fuerzas de los aborígenes los esperaban tierra adentro y pronto los castellanos se vieron asaltados por cuatro mil vociferantes indígenas.

La fuerza de los españoles reducida a sesenta caballos e igual numero de soldados, ante el acoso de Pigoanza, decide en mala hora internarse en territorio de los Páeces, donde fueron sorprendidos por multitud de guerreros indígenas, que les dieron batalla sin cuartel, fatigados, diezmados y desfallecidos, conduciendo muchos heridos entre los cuales se contaban sus jefes Ampúdia, Tobar, Nieto y Cabrera, deciden retirarse sin que los indígenas lo notasen y así lo verifican por la noche dejando armadas sus tiendas, encendidos los hogares, y atados los perros para que con sus ladridos impusieran algún respeto al enemigo.

El Capitán Ampúdia mal herido, fallece, y sus compañeros para evitar que fuera devorado por los salvajes, arrojan el cadáver a las gélidas aguas del torrentoso río Apirama, en las mismas montañas del escabroso páramo.

Pero ufanos los Paeces y Yalcones con su victoria, salen de la cordillera su centro natural, dispuestos a atacar al mismo Popayán.

Sin embargo por esos hechos singulares de la providencia, cuando más terrible era la lucha, se presentó el licenciado Pascual de Andagoya, Gobernador de la provincia del Río San Juan, con abundante caballería y armas de fuego (arcabuces), con los que logra amedrentar a los salvajes y hacerlos retornar a sus montañas.

El Peñasco

Recostado sobre la inmensa mole de la cordillera de occidente, se destaca un enorme picacho que semeja un cono truncado, sus dimensiones sobresalen por sobre la misma masa de la cordillera como un gigantesco castillo. Es, si se quiere, una fortaleza natural inexpugnable, durante la noche y en la mañana una perenne bruma lo envuelve, dándole un aspecto fantasmal en medio de la selva, un silencio sobrecogedor y el ocasional chillido de una ave de presa, hacen más impresionante el paisaje a su alrededor.

El territorio que lo circunda es el más montañoso y quebrado de la gobernación de Popayán, las cordilleras y las moles de granito, confluyen en él, hasta confundir sus faldas y constituir una sola masa, que el rió divide en dos, labrando su cauce en iracunda lucha con las peñas, no se puede recorrer este país en ningún sentido, sino trepando y descendiendo escarpados cerros, en medio de terrenos vírgenes, malsanos y feraces, abismos de vértigo, alturas de espanto y multitud de torrentes impetuosos corren por doquier, haciendo impenetrable la región.

En este sitio se libró una de las más salvajes batallas de la conquista española y toda una gesta de la rebelión aborigen defendiendo la tierra, la libertad y la vida, los indígenas lo llamaron, Tálaga.

Estamos a principios de 1.541, cuando Sebastián de Belalcázar, llega procedente de España, con él titulo de Adelantado y Gobernador Vitalicio de la Gobernación de Popayán, impuesto de los tristes y terribles acontecimientos ocasionados por la rebelión de los Yalcones y Paeces, fue uno de sus primeros pensamientos ir personalmente a someterlos, pero el iniciar la campaña contra ellos, se convirtió de pronto en una necesidad, pues, soberbios con sus victorias, tenían los bárbaros bloqueados los caminos y asolaban la región con sus entradas, causando infinita matanza entre indios leales y castellanos.

Organizó así el adelantado con su conocida actividad, una expedición de doscientos hombres, mitad de a caballo y mitad infantes, armados de ballestas y arcabuces, en la cual se alistaron los más notables de sus antiguos compañeros y de los posteriormente venidos a la gobernación, todos hombres experimentados en la lucha, desde Flandes e Italia, hasta las aterradoras campañas de Cuba, México, Guatemala, Nicaragua y el Perú, además de ellos van cientos de indios Yanacona, como sirvientes y guerreros.

En ella van además de Belalcázar, Francisco García de Tobar como segundo jefe y como Capitanes, Baltasar Maldonado, Martín Nieto, Diego Paredes Calderón, Martín de Islas, Hernán Sánchez Murillo y Francisco de Belalcázar, el hijo del caudillo.

El ejercito se dirigió a la tierra de los Paeces por el páramo de Pitayó o de las Moras. Desde el principio de su marcha encontró hábil y uniforme resistencia, los aborígenes les presentaron batalla desde los altos cerros de que esta erizada la comarca, matando e hiriendo uno a uno a los españoles, emboscados en partidas ligeras que rápidamente se dispersaban en la montaña, haciendo imposible un combate regular para espanto de los castellanos, que se veían diezmados día por día.

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El Páez, es el río principal de la región, es casi imposible atravesarlo en barcas por lo impetuoso de su corriente, casi en toda su extensión va encajonado entre peñascos verticales, que hacen muy precaria la marcha, dado que no existen vados por donde cruzar el torrentoso cauce. El único puente de guaduas estaba defendido por multitud de indígenas vociferantes, aquel día Francisco de Belalcázar realizó prodigios de esfuerzo y de valor, pues con cincuenta jinetes, logró vadear al río y embestir a los naturales por la espalda, poniéndolos en retirada dejando el puente libre a los infantes. Sorprendidos los indígenas con tanta audacia, huyeron replegándose hacia sus montañas y dejando la posición que parecía inexpugnable a primera vista, a los castellanos.

Sin embargo la precaria victoria de los españoles en nada adelantaba para su situación, pues los Paeces se fortificaron en el peñón de Tálaga, elevado risco de la figura aproximada de un cono truncado, en cuya cima, amplia y muy capaz, acampaban los salvajes con sus mujeres e hijos, abundantes provisiones, suficiente agua, y gran cantidad de lanzas, flechas, macanas, dardos, piedras y guijarros para sus ondas. Reconocido el cerro, solo se hallaron dos lugares por donde era posible avanzar, uno a la derecha y otro a la izquierda, pero tan escabrosos y difíciles que era preciso  utilizar manos y pies para trepar. Después de realizar la exhortación acostumbrada para convenir a la paz, la cual fue respondida con arrogancia y altivez por los naturales, más una buena dosis de insultos, piedra y flechas, Sebastian decidió reunir a sus oficiales y les habló, exponiéndoles la necesidad de desalojar a los aborígenes de su fortaleza, pues toda retirada además de ser deshonrosa para las armas españolas, pondría en peligro definitivo a las colonias recién fundadas, dada la audacia de los ya envalentonados indígenas.

Se dispuso dar el ataque en la madrugada, aprovechando la oscuridad de la noche para trepar el cerro. El Capitán Nieto, con cincuenta infantes, debía tomar el ascenso por la derecha y García de Tobar con otros tantos, por la izquierda.

Al amanecer deberían ambos de tener coronada la altura he iniciado el combate, mientras que el adelantado estaría presto a acudir donde más se le necesitara.

Martín Nieto inició el ascenso en la oscuridad y llego a la cima sin ser sentido por el enemigo, trabó con los albores del amanecer, un tremendo combate con los indígenas, causándoles gran cantidad de bajas, pero luego sin una razón plausible, ordenó la retirada regresando al campamento para el asombro de sus compañeros, al parecer fue tal el número de indigenas  que le atacaron, que consideró un riesgo muy grande mantener la posición a costa del sacrificio de sus soldados.

El afamado Capitán Tobar no obró esta vez ni con el arrojo ni con la rapidez que acostumbraba, como si,  presintiendo la adversa suerte que le esperaba, hubiera perdido el valor. Inició el ascenso del peñón cuando ya apuntaban los primeros rayos de sol. Desde el principio de la cuesta halló terrible resistencia y sin embargo a pesar de la multitud de guijarros, piedras, galgas, lanzas y flechas que volaban y rebotaban sobre su cabeza, pudo avanzar hasta la mitad de la pendiente, perdiendo la mayor parte de sus soldados. Pero avanzado el día, cansados los infantes de la marcha tan difícil, deshidratados por el inclemente sol y sin una gota de agua, rodeados por todas partes por el enemigo, faltos de municiones y diezmados por los aborígenes, les fue indispensable retirarse, mas fue una retirada desordenada que aprovecharon los bárbaros para atacarlos sin cuartel, dando muerte a la mayoría y dejando heridos a los restantes. El Capitán Tobar, con solo once compañeros que le quedaron, se vio cercado en un bosquecillo y aunque allí era su situación desesperada, no perdió por esto su presencia de espíritu, tal vez confiado de su fuerza y en el vigor de una acometida final pensó que pudiera sorprender al enemigo y así arremetió contra la multitud que lo cercaba, manejando la lanza con todo el denuedo de la desesperación y la habilidad de experto Capitán.

"Usabase traer barba crecida

En aquella sazón y autorizada

Y era la del Tobar barba vellida

Largos bigotes toda bien poblada

Y entonces la traía recogida

Al modo de cabellos entrenzada

Y a los soldados antes que comiencen

A gran priesa mando la desentrencen.

Debió ser según lo que yo puedo

Conjeturar de aquesta diligencia

A los imberbes indios poner miedo

Con la ferocidad de su presencia

Y ansí con ferocísimo denuedo

Confiado de Dios y su clemencia

Puso los pensamientos y la frente

Adonde vio más multitud de gente. "

Pero todo fue inútil, él y la mayor parte de los suyos murieron ahí en medio de una lluvia de dardos y  piedras. Sus cabezas cortadas y sus miembros cercenados al instante, fueron llevados como enseñas, y durante mucho tiempo la piel de la cara del valeroso capitán Tobar, secada con ceniza y lejía, con sus largas barbas y cabellos, se vio adornando el asta de las lanzas de los jefes que iban a batalla, sus cuerpos fueron consumidos en bárbaro festín, en medio de cantos de guerra y grandes libaciones de chicha de maíz.

"Don García de Tobar, el caballero

Desta suerte finó por el impío

El hálito final, su fin postrero.

Capitán fue de todos respetado

Y por el belalcázar Gobernador.

De valor generoso y gran cordura,

Sin el perder por ello su apostura. "

Belalcázar a la cabeza de los pocos hombres blancos e indígenas que quedaron con vida, expuso en esta jornada constantemente su vida, aquí y allá, según las circunstancias lo pedían, mas todos sus esfuerzos fueron vanos, los caballos no podían obrar en terreno tan quebrado y peñascoso y así, inutilizada la caballería, le faltó uno de los medios más poderosos para la victoria con que contaba en todos los casos el conquistador español.

En tan difícil situación la retirada era el único recurso y se dispuso por una vía diferente de la que siguieran al entrar, siendo hostigados constantemente por una horda enfurecida de salvajes, causando mayores bajas y quebrando más la moral de los vencidos castellanos.

No se sabe si nunca, ni antes, ni después de Tálaga, sufriera este caudillo un revez semejante. Disminuida, maltratada y moralmente afligida, regresó la expedición finalmente a Santiago de Cali, a reponer sus fuerzas antes de retornar a Popayán.


El final

En la alta y vasta extensión de la cordillera va cayendo lentamente la tarde, el sol en el ocaso es ya un incendio próximo a extinguirse y con las últimas luces del crepúsculo se deja sentir un aire frío, cortante, que barre los breñales en rachas inclementes.

Contra el fulgor rojizo del atardecer, mudas, impasibles, se recortan las siluetas de los indios. Enfundados en sus ruanas de tejido burdo, calados los sombreros, se diría,   petrificados en la soledad de la montaña solitaria.

No hablan, porque no tienen entre sí nada que decirse. Su vida es monótona y triste. Comienza y acaba con el día y acaso su único refugio es el sueño, antes del sueño de la muerte. Llevan sobre sí el dolor de los siglos, de siglos de opresión y de miseria, que pesan implacables sobre sus espaldas.

Su actitud pensativa, con la cara hundida entre los hombros, no es una actitud de pensamiento, porque el indio no piensa, aguanta, el indio no se queja, aguarda. Tal vez algo como un instinto sepultado en el oscuro abismo de su conciencia, le dice que ha de llegar un día para él, en que brille un nuevo sol, que le alumbre el camino.

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La Melancolía de la Raza
Acuarela de, Rafael Tobar,  1955
(Copia de un original a pluma)

Y entre tanto, llevando a cuestas su pobre bagaje espiritual donde se funden las promesas de la fe católica y el fetichismo arcaico de los viejos ídolos, el indio, espera, espera.

El férreo puño del conquistador español lo encadenó en la mina, para arrancar de las entrañas de la tierra el oro virgen de la veta, o lo dió en encomienda para labrar para otros la tierra que era suya, el látigo, el alcohol, rudas faenas agotantes y la promesa inaccesible de bienaventuranza, más allá de la muerte, mientras caía el polvo de los siglos.

Después brillo por un instante un sol de libertad. Y en la contienda su carne fue carne de cañón, su pecho, escudo que se ofreció indiferente a la metralla. La Independencia. Y el indio siempre igual.

Nuevas luchas, contiendas intestinas, desgarramiento de la Patria, mutilación del territorio, la república, después la violencia política, la hacienda prospera a costa del sudor de la peonada, el vasto latifundio sin más ley que la del amo, la deuda interminable que pasa de generación en generación, la otra forma de colonialismo, el yanqui, los gritos de libertad de la guerrilla y al final, la mentira.

Y de todo eso solo quedó, la melancolía de la raza.

Popayán Marzo del 2.000.

Fuentes Bibliográficas.

Juan de Castellanos. Elegías de varones Ilustres de Indias. Jaime Arroyo. Historia de la Gobernación de Popayán. Carlos Pereyra. Historia de América Española.


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