vida.gif (8513 bytes)

PRIMERA PARTE

1.-Las tiendas o pulperías

Un joven indígena corre por entre el lodazal de las solitarias calles de la villa, sus pies desnudos recogen entre los dedos el barro que posteriormente al secarse, irá separando las articulaciones, hasta deformar con el tiempo, la estructura de la extremidad.

Por, Oscar Tobar Gómez, MD

Al llegar a la pulpería ( tienda) grita fuertemente, Alabado sea el Santísimo! y una voz desde el interior del pequeño recinto responde en voz baja, Por siempre, amén!, enseguida el jovencito entre expresiones indígenas mezcladas con un defectuoso castellano recita el pedido a la patrona del establecimiento, todo lo solicitado es cuidadosamente envuelto en hojas de plátano suavizadas a la braza y depositado en una canasta de caña brava toscamente trenzada.

Esta es una escena muy común en toda la América Española, nuestra ciudad no es la excepción en los cuadros de costumbres del coloniaje y cada cuadro se repite con las naturales diferencias de traje y acentos orales, pero en el fondo la similitud es total.

Las pulperías o tiendas eran y aún lo son en los pueblos de América, casas de habitación donde los dueños generalmente mestizos, colocaban sus negocios en pequeñas estancias en las que expendían, pan casero, quesos, velas de sebo, de esperma o de laurel, bolas de chocolate, panelas, leña, carbón, sal, azúcar, aguardiente, dulces caseros, yesca, tabaco, hierbas medicinales y multitud de artículos de uso diario en todas las casas cercanas, generalmente se establecía una pulpería por cada " cuartel " o barrio de la villa o ciudad, la cual surtía las necesidades elementales para la época, el resto de los comestibles se traía  de las estancias y encomiendas de los hacendados, algunas distantes de la ciudad, pero a las que se visitaba con asiduidad.

El pedido se llevaba rápidamente a la casona del amo del indígena, el hijodalgo si lo era, o el encomendero con pretensiones de nobleza dado su nuevo estado de hacendado rico o en proceso de enriquecimiento.

Como esta, todas las costumbres nos demuestran una sociedad embrionaria con una base llena de contrastes debido a la influencia de situaciones propias de cada una de las razas protagonistas, donde interactúan entre si,  sin llegar nunca a una perfecta armonía y en donde se establece una diferencia social palpable, el indio, el mestizo, el español, trilogía a la que más tarde se incorporaría, el negro, para complicar más el proceso, e integrar en la unión, la utópica, raza cósmica, de Vasconcelos.

2.-Mezcla étnica de las costumbres

La sociedad colonial se había establecido de acuerdo a los usos y costumbres de la metrópoli, así unida a las costumbres indígenas arraigadas por el mestizaje, esta mezcla determinaba una vida de fondo casi ingenua en medio de atavismos de siglos de exuberancia social del viejo mundo, donde la corrupción moral y social, en forma a veces salvaje, por años de lucha despiadada contra los infieles, había corroído todos los estratos de la sociedad española, esas costumbres vienen al nuevo mundo con los soldados, los hombres y las mujeres de la conquista, ellos serían posteriormente los encomenderos y las autoridades de los cabildos, justicias y regimientos de las ciudades y villas, los curas de las parroquias y las matronas y doncellas de las casonas.

La colectividad de aquella generación medieval, barajaba los sentimientos de la más ingenua piedad religiosa y delicadeza social, con ciertos modales duros, violentos, sanguinarios. Con frecuencia encontramos ejemplos de delicadísima fe cristiana al lado de irreverencias y fechorías propias de herejes, estos eran contrastes propios de la época.

Aunque esta dureza de costumbres traída de Europa se agrava notoriamente durante los primeros años del establecimiento español en América, debido a las continuas entradas de pacificación o rancherías, posteriormente se suavizaría con la llegada de los dignos misioneros y frailes de clausura y con el inevitable mestizaje.

Sin embargo igual que en el comportamiento social como en otros, encontramos el contraste chillón de la idiosincrasia del peninsular, por ejemplo en el recato depurado de las doncellas, vigilado celosamente por los caballeros, loado y cantado por ellos y ellas, pero en ocasiones saltando sin escrúpulos ventanas y paredes, sin respeto de lugares ni de personas, si nó dígalo la apasionada historia de Doña Dionisia de Mosquera y Don Pedro de Lemos, quienes llegaron al asesinato por conservar el fruto de sus amores prohibidos.

3.-Vida matrimonial

Ofreciendo no menos contraste está la vida de matrimonio, donde la bastardía dejaba de ser deshonra dependiendo de donde viniera y donde el honor de las esposas era vigilado con la punta de la espada y el marido se sentía con derechos para matar a su propia mujer, si nó le guardaba fidelidad, como ocurrió con Don. Lorenzo de Paz Maldonado en los albores de la ciudad, cuando en tremendo ataque de celos asesinó a Doña Catalina de Belalcázar y a su presunto amante, cociéndolos a estocadas por sospechas de ultraje a su honor varonil.

O el sonado caso de Don. Salvador de Ribera casado con Doña. Ana de Alarcos y Ortiz Maldonado. Citado textualmente. " Quien cortejaba a una dama de compañía o algo semejante, que no sirviente, oficio reservado a los indios. Era mestiza, de nombre Margarita Hernández; Teníanla a su cuidado el rico estanciero Alonso Pérez Manrique y Micaela Llanos su mujer, sorprendiólos Pérez en plena acción amorosa, díjolo a Micaela quien castigó severamente a la Margarita, que corrida, ingirió solimán y fue a pudrir tierra. A Ribera por testimonios de Don Alonso la justicia lo condenó al destierro como directo responsable del suicidio y a pagar penas pecuniarias."

El archivo de, El Carnero, está plagado de hechos similares ocurridos en esa época y algunos como estos muy conocidos dada la importancia social de los comprometidos en esos crímenes, todos descendientes de conquistadores y notables hidalgos conocidos. Como se observa, gran piedad en medio de grandes pasiones humanas desenfrenadas, aguas tranquilas por encima y revueltas por debajo, melodramas de novela y la más cruda realidad, en una villa de escasos habitantes donde todo el mundo conocía a cada cual y cada cual era pariente de todos.

Fácilmente se hermanaba la más cínica impiedad con modales de piedad profunda, existiendo sin duda cierta unidad religiosa que comprendía a todos, indios mestizos y blancos ( españoles o descendientes de españoles), la iglesia era el uniforme indispensable que envolvía a la sociedad siendo un distintivo medieval, no exclusivo de España sino de todo el orbe cristiano.

4.-La sociedad clerical

El Papa era un jefe de gobierno que tramaba pactos y contiendas en las lejanas Avignón o Roma, los obispos dentro de cada estado habían venido a ser auténticos gobernantes, políticos y guerreros. No faltaban, por fortuna clérigos santos, ni magnates dignísimos, pero el pueblo veía como cosa muy natural a un obispo acaudillando ejércitos y blandiendo espadas.

Con tales prelados, es de presumir como andaría el clero inferior.

Había muchísimos moralmente abandonados, tan ignorantes que a veces ni entendían el latín, ni sabían la doctrina cristiana, eran materia apta para la ociosidad, la indolencia y la molicie.

Se tuvo que establecer leyes civiles contra " las barraganas de clérigos, así públicas como escondidas, siendo apartadas de las dueñas honradas e casadas".

En el alto Perú los hijos de los clérigos eran públicamente conocidos. En Popayán fue menos notoria esta circunstancia, pero la historia es clara en establecer los juicios contra " curas inmorales e de dudoso comportamiento".

La mayoría de ellos en la Gobernación de Popayán fueron ejemplo de santidad y caridad cristiana, algunos prelados murieron en olor de santidad, como el santo obispo Fray Agustín de la Coruña.

No se puede decir lo mismo de los conventos, así de frailes como de monjas en las ciudades y villas de España, la nobleza los consideraban como cosa suya, en ellos buscaban tranquilidad y colocaban a los hijos de poco porvenir. Muchos se veían ubicados ahí sin saber por qué, otros por despecho o por no lograr un casamiento de su gusto, otros finalmente como una solución cómoda para vivir con honra y con holgura.

En América, por fortuna después de la reforma de los monasterios, los aspirantes fueron formados por lo mejor de los frailes venidos del viejo mundo, muchos de los tonsurados fueron en la vida seglar abogados o hidalgos de renombre, dándose una verdadera revolución en la vida conventual y practicándose en general una reforma total a la vida de clausura, para beneficio de la población civil, que vió en estos religiosos, ejemplos de santidad y saber.

5.-Honor e Hidalguía

Los hombres eran exageradamente aferrados a sus costumbres y tradiciones añejas, hasta el ridículo ponderadores de su valor hazañero, superior a todos, que apenas había batalla donde su valor no se hubiera puesto a prueba, los expedientes de nobleza y las probanzas de méritos dejan turulato al más escéptico de los historiadores, según ellas, eran cíclopes quienes vinieron a la conquista de "tierra firme" como decían entonces y no era solo jactancia, en verdad tenían decisión y arrojo hasta la temeridad, su altanería quedó plasmada para la historia en las palabras del virrey Núñez Vela, cuando advertido del peligro de enfrentar a Gonzalo Pizarro con el pequeño ejercito bajo su mando, contestó que, " El solo, con una capa y una espada bastaba para todo el Perú".

Los Payaneses no fueron la excepción en esa jactancia y prepotencia, durante la guerra de Tripitenorios y Pambazos por ejemplo, donde las expresiones de desdén y las instancias a luchar sin cuartel pasaron de lo ridículo a lo grotesco. El Marqués de Nevares, Jerónimo José de la Vega y Valdés, Gobernador de Popayán, se ganó la enemistad de algunos de los ciudadanos pudientes de la villa, entre ellos, Don Francisco Hurtado del Águila y Don Cristóbal de Mosquera y Figueroa, por ello los hidalgos nombrados quisieron deponerlo del gobierno a favor de Juan de Miera y Cevallos.

Esto desencadenó la violencia civil y Miera fue conminado a abandonar la ciudad por los seguidores del Marques de Nevares mediante un vocero. Miera despreció el mandato y dijo con desdén al portador de la órden que, "por estar almorzando no le corto a Ud. las orejas". Grotesca ridiculez diplomática.

Apegadísimos a sus fueros de nobleza, se jactaban también de sus nobles abolengos y la larga serie de sus apellidos, muchos de ellos mediante interminables pleitos en España solicitaban la confirmación de sus títulos, invirtiendo para ello grandes sumas de dinero que muchas veces los dejaban empobrecidos y sin poder hacer gala de su título de nobleza recién adquirido, de ahí la expresión, "abuelo trajinero, fijo caballero, nieto pordiosero."

Hernando Arboleda Ayerbe experto en heráldica de esta provincia, dejó confirmados al menos sesenta blasones familiares, los cuales menciona Arcesio Aragón en Fastos Payaneses, pié de página número 130. Edición de 1.939. Imprenta nacional. Ellos son:

Angulo, Arboleda, Arroyo, Ayerbe, Beltrán de la Torre, Beltrán de Caycedo, Bernaldo de Quirós, Betancourt, Cajigas, Caldas, Carvajal, de Castro, del Campo, Diago, Delgado, Diez, Doria, Espinosa de los Monteros, Faxardo, Feijoo, Figueroa, Garcés, García, Gómez, Grijalva, Guevara, Hurtado del Águila, Ibarra, Larrahondo, Lemos, López, Mosquera, Ordóñez, Mallo, Olano, Pombo, Priego, Prieto de Tobar, Pérez Manrique, Ruiz de Quijano, Rebolledo, Rodríguez Rodallega, Salazar, Sáenz del Pontón, Sarmiento, Segura, Tenorio, Torijano, Torres, Ulloa, Urrutia, Valencia, Velasco, Valdez, Vergara.

La mayoría de los descendientes de estas nobles casas son hoy profesionales, empleados, o comerciantes dignos, con pocos pesos, pero muy apegados a su historia familiar, tratan de conservar en su justa medida las tradiciones de sus abuelos, cualquier observador detallista notará cómo acomodan su figura al oír nombrar a cualquiera de sus ascendientes, notable o no, pues para todos constituye un orgullo tener un florido árbol genealógico, aunque nunca se lo mencione en público.

Más de uno de estos orgullosos payaneses dejó sus armas en alto relieve, en los portales de sus casonas, como demostración soberbia de su mayorazgo.

Conservaban sus aderezos militares como una propiedad de las más estimables, un buen hidalgo debía estar preparado siempre para una salida contra cualquiera que fuera el enemigo y mantenía sus armas siempre listas, en sus testamentos se lee, " un capacete e babera e grecas e coseletes e armadura de brazos con unos copos e mandiletes e escarpanas. Un guante de malla. Un casquete de acero. Una alda e unos gocetes. Unos zapatos agrietados encima. Una lanza con su funda. Un lanzón. Un broquel. Una Adarga. Una ballesta. Una espada. Cinto e Punial negros. Un mi cavallo." Pues que, " mis arreos son las armas, mi descanso es pelear, mi lecho las duras peñas, mi dormir siempre velar."

6.-Higiene y salubridad

No podemos elogiar con optimismo la higiene que reinaba en aquella sociedad, la limpieza no era tenida en mucha estima, primero debido a la dificultad de acceder al agua en forma rápida, es cierto que existían chorros de agua los cuales fueron famosos como el de El mascarón, el de Marcos Campo, el del maestro Pabón, el del Achiral, el de Tulcán, el de San Juan de Dios, el de la Pamba y muchos más, particulares, en las casas de los propietarios pudientes, pero la mayoría de las casas carecían de agua intradomiciliaria y esta era utilizada en la cocina, la más de las veces los baños se realizaban en los ríos y riachuelos cercanos como una actividad ocasional, no diaria, y constituyendo una novedad que sacaba de la rutina la vida familiar.

Los indios quienes vivían " con sus vergüenzas al aire" cazando o pescando cerca de las fuentes de agua eran mucho más limpios que sus conquistadores.

Segundo, porque las condiciones higiénicas reinantes dentro de la villa aumentaban la tendencia a vivir en medio de la suciedad. El polvo en verano y los lodazales en invierno hacían imposible mantener una adecuada salubridad parroquial.

Durante la época de lluvias los habitantes de la villa utilizaban zapatos de madera denominados zuecos, con los cuales caminaban con asombrosa rapidez por entre el barro, tanto los hombres como las mujeres, sin embargo el interior de las casas donde los pisos de tierra eran cubiertos con esterilla, se poblaba de bichos especialmente en verano, cuando pululaban las niguas y las pulgas produciendo como es lógico infecciones y enfermedades secundarias, las cuales se curaban la mayoría de las veces, con la farmacopea indígena, antes que con la española.

Este azote disminuyó después que el gobernador Pedro Beccaría y Espinosa ordenó empedrar el frente de todas las casas y desapareció con el advenimiento de los pavimentos de concreto y cemento.

La higiene se procuraba por tanto, prescindiendo del agua, aún entre las gentes más refinadas, "personas muy galanas echaban de sí olor pestífero, especialmente de los sobacos, de los pies y de la boca". Para defenderse de estas miserias, usaban  perfumes exquisitos y abundantes, aún así, los bichitos corrían por las sienes de los payaneses y las payanesas, quienes se rascaban con disimulo en público, y en privado con verdadera fruición, algunos personajes del Popayán colonial llegaron a ser famosos por su pestilencia.

7.-La educación en la colonia

El hombre y la mujer recibían una educación en el hogar, acorde con las necesidades locales, los hombres para la guerra y el campo, las mujeres para la caridad y el hogar, pero era imperdonable dejar sin el Don a un hidalgo aun en el trato familiar e imperdonable también dejar de asistir a un enfermo cualquiera que fuera su clase social.

Los plebeyos se denominaban entre sí "ñor" y "ñora" que eran contracciones de señor y señora, títulos que solo recibían los nobles y sus damas. Pocos sabían escribir y debían "dibujar" su nombre, colocar un signo en su defecto o firmaban  "al ruego", es decir, pedían el favor a alguien que escribiera su nombre.

Se enseñaba la doctrina cristiana y las cuatro operaciones matemáticas, posteriormente los jóvenes de familias adineradas eran enviados a San Francisco de Quito, o Santa Fe de Bogotá, a continuar sus estudios superiores, algunos se educaban en Europa. A los indios solo se les catequizaba.

Las lecturas profanas estaban prohibidas y solo se permitía leer el nuevo testamento, el antiguo era considerado poco apto para las señoras, más adelante el Gil Blas de Santillana y algunos Libros de Caballería fueron aceptados socialmente.

8.-La moda

Para el siglo XVII la moda cambió ligeramente y los hombres blancos (llamados nobles) acompañaban el pantalón a la rodilla de largas medias negras y zapatos de hebillas, una larga casaca de mangas ajustadas, abierta en los costados, chaleco lujoso, las más de las veces largo en la parte delantera y la conocida capa española, que en ocasiones se cambiaba por una capilla corta en las ceremonias o en los saraos, a los nobles no les faltaba el espadín o el bastón.

El vestido de las señoras consistía en falda de seda, paño o bayetilla, chaqueta llamada basquiña, y un reboso que lo tapaba todo. En los trajes de lujo gastaban telas y adornos costosos, no siendo raros en estos los adornos de Flandes. El oro La plata y La seda eran entonces muy comunes en la indumentaria de la aristocracia. Las damas asistían a la Iglesia con manto, en verano utilizaban botines lujosos, en invierno los famosos suecos de madera.

El pueblo continuaba utilizando camisas de genero blanco con cintas en vez de botones, chaquetas de paño y ruanas, sombreros de paja o de iraca, pantalones del mismo material que la chaqueta, cortos hasta la rodilla asegurados ahí con una cinta o una hebilla de plata cuando el ciudadano era medianamente acomodado, medias blancas de hilo y botines negros de cordobán o alpargatas.

Las mujeres del pueblo utilizaban el ya famoso traje de ñapangas descrito con detalle en varias publicaciones.( Ver La ñapanga , única en lo auténtico

Los negros utilizaban camisa de lienzo, ruana de lana ordinaria, pantalones de manta del país, sombrero hecho con trenza de juncos y siempre iban descalzos,  solamente los pajes de los señores utilizaban alpargatas de cabuya trenzada.

9.-Utensilios de cocina y comedor

El ajuar y la vajilla era la más escasa de lo que podemos imaginar con la mentalidad de nuestros días. Es conveniente advertir que así las viandas como la refección era sumamente austera, sé hacia poco uso de los platos, hacían sus veces unos discos de madera o de cerámica indígena, la vajilla de loza era rarísima, los tenedores solo se usaban para trinchar la carne, las cucharas apenas tenían aplicación, la comida solía llevarse a la boca con todos los dedos de la mano y quien comía finamente, con solo dos o tres dedos, de ahí la costumbre de lavarse las manos antes de comer. Los hombres se servían del cuchillo que llevaban a la cintura.

A fines del siglo XVII estas costumbres cambiaron y se empezó a utilizar la vajilla de plata en las casas señoriales con muchas limitaciones ( eran pocos los elementos utilizados) hasta el siglo XVIII en que se popularizo el uso de manteles y utensilios de comedor.

La cocina no era menos sobria, consistía de algunos asadores, sartenes, calderos grandes y pequeños y eso era todo, solía guisarse para todo el día y en las noches se calentaba lo ya cocinado en la mañana, y lo que sobraba de la mañana y la tarde era consumido por los esclavos o guardado en grandes tinas para los cerdos. Los alimentos se cocían en grandes hornillas y hornos alimentados por leños y carbón.

Las casas inicialmente fueron construídas con barro pisado, los techos se cubrían con paja, muy posteriormente se empezó a utilizar ladrillo y teja, todas tenían corredores alrededor de un patio central y patios adicionales, con las habitaciones con puerta a los patios. Eran la mayoría, muy espaciosas, con techos altos en las que se observaban los artesonados de madera, que de tiempo en tiempo debían cambiarse por el comejen que asolaba la villa.

10.-Avitat de los animales domésticos

Los corrales estaban dentro de la casa; en ellos se criaban animales domésticos y en los mismos permanecían animales de tiro, mulas, caballos y alguna que otra vaca lechera para la ración de leche diaria, en algunos hogares se criaban ovejas, chivos, conejos, pero en ninguna faltaban las gallinas. Al fondo de las residencias existía "la huerta" donde se cultivaban árboles frutales, plátanos y plantas ornamentales, las madrugadas eran placenteras por infinidad de aves canoras que anidaban en los árboles circundantes, dando alegría a la casona y sus habitantes.

La misma huerta se utilizaba para satisfacer ciertas necesidades fisiológicas las cuales se tapaban con tierra.

Era muy requerida la carne de cerdo y en los corrales tenían estos animales en abundancia, no era extraño encontrarse con los "cochinos" de fulano, echados en los lodazales de las calles llenas de excrementos, produciendo olores nauseabundos. En todas las casas de pobres y ricos no faltaban los perros, algunos de razas finas mansos y feroces, muchos de ellos descendientes de los feroces perros traídos durante la conquista, desde Alemania.

11.-La despensa

Recorriendo los aposentos de las casas veríamos en sus trojes y despensas provisiones de pan y harina de trigo, varias cargas de carbón, buena provisión de conservas, tocino, carnero, huevos miel, quesos, varios cueros y botas de vino.

Los tocinos y cecinas curados se colgaban al aire en lugar templado, los huevos no debían pasar de quince días, el pan cocido se guardaba en "nasas" o tinajas cubiertas para prevenir el acoso de ratones, el vino para celebrar solía ser blanco y el de las cenas tinto, el queso se colgaba en tablas y barrenas boca abajo para que no pudieran bajar por ahí los ratones.

En otras piezas y desvanes se encontraba lana esquilada, lavada e hilada, abundaba el instrumental de trabajo casero, husos, devanaderas, queseras, cedazos, artesanas, cernidores, tinajas, cestas, canastos, costales, aperos para las bestias de carga y de montura algunas de esas monturas ricamente adornadas con plata forjada, también había gran cantidad de elementos para el alumbrado como hachones, candelas, velas, y velones.

Las habitaciones generalmente permanecían a oscuras durante el día, no tenían otra luz que la que entraba por la puerta, pues las ventanas eran pequeñas y escasas y estaban al frente del portal de la residencia, los cristales eran escasísimos por no decir raros, hacían sus veces tablas delgadas o pedazos de tela burda.

12.-Dormitorios

Los dormitorios generalmente estaban alrededor del patio y en la planta baja a la entrada en el primer patio en las casas de un solo piso, en las de dos plantas se encontraban en el segundo piso, la tierra se cubría con esterilla o con alfombras en las casas ricas, en algunas existían grandes baldosas de barro, durante el verano se cubrían con hierbas frescas y olorosas. La parte inferior de las paredes se defendía de la humedad con zócalos de esterilla y en la parte superior colocaban cuadros, espejos y tapices, en algunas casas cuadros, algunos de cierto valor artístico de santos y santas y posteriormente los óleos de los antepasados de la familia.

El aposento principal de la casa era " El estrado ", cubierto el suelo con alfombras y esteras estaba rodeado además por cojines, era el asiento de visitantes y visitados. Las sillas se reservaban para el señor de la casa. Las mujeres se sentaban siempre en el suelo hasta el advenimiento de los Borbones, que trajeron de Francia a España y a sus colonias, la costumbre de sentarlas en sillas.

Se sentaban cruzando las piernas y abriendo las rodillas como los moros o los ídolos chinos, la misma postura adoptaban para comer, solo los hombres usaban mesas y bancos. Servían en raras ocasiones de asiento los cofres, banquillos y la saliente de mampostería de las construcciones.

13.-Iluminación

La iluminación de las casas era básicamente con velas de cera, de sebo, esperma o laurel. Al anochecer se encendían las luces con ceremonia tradicional en todas las casas, la dueña de casa, la doncella indígena, la esclava, el mayordomo o quien se encargara de tal menester, doblaba la rodilla y decía "Alabado sea el Santísimo Sacramento" todos contestaban, "Por siempre alabado sea" y se distribuía la lumbre por las habitaciones. Se usaban candeleros, candiles, velones, lámparas. Los candeleros de varios picos eran típicos de las grandes casas aristocráticas donde pululaban por doquier como un adorno más durante el día y de especial utilidad durante la noche, algunos de ellos bellamente decorados.

En las solemnidades populares se levantaban grandes mástiles en las calles o en las iglesias y sobre ellos en unas cazoletas ardían estopas impregnadas en aceite, resina, sebo y azufre. Durante la noche para ir por las calles se llevaba en las manos hachones con la misma sustancia y los señores y señoras iban escoltados por, criados, soldados, doncellas indígenas o negros esclavos.

14.-Dormitorios

Las camas muchas veces eran simples jergones tendidos en rústicos camastros, o se colocaban hamacas, posteriormente se popularizó el uso de doseles y camas muy trabajadas, que hoy se conservan como verdaderas obras de arte, estas obras se traían de Pasto o de San Francisco de Quito, igualmente los arcones ricamente trabajados y diversos muebles tallados durante fines del siglo XVII y todo el siglo XVIII.

Durante el descanso nocturno solía dejarse una luz encendida en los corredores.

Anochecido tañía "la campana de la queda", un grave silencio reinaba en las calles. Alguien transitaba todavía a la luz de los hachones, o velas, a veces entre sombras pasos furtivos, en las encrucijadas se oía alguna ronda nocturna; en alguna residencia lejana el tañer de una vihuela, o los cantos de las monjas de La Encarnación o de los frailes de Santo Domingo.

En cada hogar a la luz de las velas se rezaba el rosario y los ancianos contaban las historias del "Anima Sola, el Jinete sin cabeza, El Tirano Hoyon, el martirio del Padre Figueroa en el Marañon, el martirio del Padre Abreu en la Nueva Segovia a manos de los Paeces o la historia de la famosa campana de Caloto, los niños oían aterrados tales leyendas y se acurrucaban entre las faldas de sus madres. Historias que la tradición oral a traído hasta nuestros días.

15.-La villa duerme

Con él ultimo toque de la queda, las luces se apagaban y la pequeña villa, por horas, parecía desaparecer de la vida colonial en este Nuevo Mundo.

Antes del sol se levantaba la ciudad, los tenderos habrían sus pulperías y los templos se habrían a los devotos que venían a cumplir con Dios. Después todo el rumor callejero. El mugir de las vacas en los ordeños, el berrido de los terneros destetados, el correr de los esclavos y los indios al mandado matutino, el tañido de las campanas llamando a misa y todo el proceso de una villa palpitante en pleno proceso de crecimiento se repetía igual que el día anterior.

16.-Las fiestas

Para las fiestas cadañeras no faltaban las procesiones, rogativas y romerías, los torneos de cañas y de justas muy del agrado popular. Divertía mucho el juego de la pelota, las carreras de caballos y el juego de gallos finos. Todas estas manifestaciones populares tenían un fuerte arraigo en la tradición y las costumbres castellanas.

Los indios se embriagaban con chicha de maíz y no era raro verlos dormir la borrachera en las esquinas de cualquier calle de la localidad.

17.-El Cabildo

El cabildo se reunía todas las semanas "como lo han de uso y costumbre para tratar y conferir las cosas del servicio de su majestad, bien y utilidad de esta República". En él se discutían desde las denuncias más triviales hasta las que eran realmente importantes para el desarrollo de la nueva ciudad, los impuestos, las carnicerías, otorgamiento de minas y encomiendas, títulos, juicios de hidalguía, sanciones, juicios civiles, nombramiento de funcionarios, etc.

El Cabildo Justicia y Regimiento como se llamaba entonces estaba constituido por: Dos Alcaldes Ordinarios, dos o más Regidores Perpetuos, dignidad que solo alcanzaban vecinos prestantes y de antigüedad como ciudadanos de la villa, El Procurador General y Padre de Menores, también asistían a estas reuniones el Teniente de Gobernador, El Alférez Real, El Fiel Ejecutor, Los Alguaciles Mayores y el Depositario.

Las sesiones se desarrollaban con gran solemnidad y quedaban escritas en actas, las cuales son fuentes de estudio, para quienes nos interesamos en conocer la forma como actuaban nuestros abuelos en aquellos lejanos tiempos del nacimiento de nuestra nacionalidad.

Muchos de los datos consignados en este artículo fueron extraídos de esas actas de cabildo donde está plasmada la historia, día a día, de nuestro terruño, gracias a ellas podemos hoy reconstruir en parte la historia de nuestra ciudad.

Fin de la primera parte.

Oscar Tobar Gómez. MD.

Bibliografía.

Libro de Actas del Cabildo de Popayán. Libro de Actas del Cabildo de Santiago de Cali. Fastos Payaneses. Arcesio Aragón. Popayán en la Colonia. Bosquejo Histórico. Antonino Olano.

Links - Enlaces

Conexiones Rafael Tobar's Home Page Customer service