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El MEJOR REGALO DE NAVIDAD

Elia y Paloma Fleta

Por Rafael Tobar

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Era la víspera del 24 de Diciembre del año 1986, mi esposa y mi hija habían viajado a Colombia  a pasar navidad y mi hijo estaba en Nueva York, era la primera navidad que pasaba en Estados Unidos completamente solo, mi familia me hacía falta y el instinto de la tristeza comenzaba a invadirme.  Buscando un paliativo para combatirla evitando que cayera en depresión, busqué la compañía de las hermanas Fleta, escuchando el único disco  que poseía.

Algún tiempo después me quedé dormido, se abrió una cortina, como si estuviera en un teatro y como por arte de magia me vi en escenas familiares  bien conocidas. Fue un sueño largo que  mi subconsciente  me puso delante, con impresionantes escenas en una secuencia ordenada, hilvanando la trama de una manera lógica. El sueño fue tan vívido que cuando desperté mi primer impulso fue escribirlo, aquí está.

Las hermanas Fleta tuvieron su época de oro en los años cincuenta. Por el año de 1957, yo frecuentaba La Voz del Cauca, una emisora de Popayán, en Colombia. Buscando en el índice de discos de larga duración encontré uno de Elia y Paloma, de los primeros discos de diez pulgadas. Estos discos fueron el prototipo de los de doce pulgadas.

La cubierta mostraba a dos jóvenes damas frente a un micrófono.

De pelo y ojos castaños, fino cutis, como de porcelana, ataviadas con vestidos azules floreados.

Sus voces cautivadoras, dulces, sensuales, bien acopladas y con unos armónicos perfectos, los cuales no he escuchado en ninguno de los duetos femeninos que han existido, las envolvían en un halo de misterio y sensualidad.

Quien las escuchaba se refundía en un mar de armonías y deleites musicales a los cuales era difícil sustraerse.

Educadas a la sombra de su padre, Miguel Fleta, famoso tenor español, que brilló junto a Caruso a principios de siglo, tuvieron una rígida educación general y musical. Fueron el prototipo de la mujer culta española, representantes con orgullo del arte musical español.

Recorrieron toda Europa y América, cantando en italiano, francés, alemán, portugués y español.

Su repertorio fue muy variado, en el cual incluyeron canciones de todo el mundo. Excelentes boleristas, grabaron en el sello Montilla con la orquesta del mismo nombre. Habían hecho una triunfal temporada en Cuba, ahora estaban en Colombia de paso para el Brasil.

Han pasado muchos años después de mi primer encuentro con las Hermanas Fleta. Qué hubiera dado yo por  tener la suerte y el privilegio de cantar con ellas.

Sus canciones más famosas por aquellos tiempos de 1955, eran, “Desvelo de Amor”, el bolero de Rafael Hernández, “Una casa portuguesa” y “El chacachá del tren”, de las cuales ellas habían hecho verdaderos éxitos.

Así, me encerraba en la discoteca de la emisora a escuchar tenores, tríos y duetos y entre los favoritos siempre estuvieron presentes las Hermanas Fleta.

Daniel Peña, mi vecino, me dio las primeras lecciones de guitarra, Así cumplí la promesa hecha en 1950 viendo tocar a los tríos famosos, en la Pensión Oasis. En mi casa pasaba las tardes ensayando  guitarra y cantando a veces solo, otras veces con varios vecinos guitarristas, Silvio Camayo, Guillermo Torres y otros amigos que frecuentaban mi hogar.

Los tenores populares.

En un tocadiscos de 78 revoluciones conectado a un radio Phillips, tocaba las canciones de Pedro Infante, Juan Arvizu y Néstor Chayres que tenía un programa por La Voz de América, Ortiz Tirado, Víctor Hugo Ayala, Carlos Gardel, y Carlos Julio Ramírez. Me aprendía sus canciones siguiéndolas al unísono.

En un país políticamente convulsionado y con un futuro incierto, escuchar radio era uno de los pasatiempos favoritos de los colombianos.

Terminaba el régimen de Gustavo Rojas Pinilla. Los dos partidos tradicionales buscaban una solución que no empapara en un baño de sangre la vida de los colombianos.

Las emisoras trataban de brindar entretenimiento con programas de música en donde presentaban los tríos y los cantantes de moda.

No existía la facilidad de copiar las canciones para disfrute personal.

Solo existían las grabadoras de carrete, que por pesadas y costosas, no estaban al alcance del público en general.

El maravilloso invento del Cassette no aparecería sino en los años setenta.

Napoleón Dhimes, un cantante dominicano entraba con gran fuerza en nuestros hogares a través de las presentaciones por Radio Caracol, con La vida castiga. Hubiera sido un fuerte rival para Alfredo Sadel si no se hubiera ido a Italia a estudiar, en el pináculo de su fama.

Alfredo Sadel, haría lo mismo años después.

Sadel, otro de mis cantantes preferidos, no había aparecido todavía en ese panorama musical, porque en Colombia no se vendían sus discos.

A este tenor venezolano lo descubrió una vecina mía, que escuchaba Radio Nacional Espejo del Ecuador, por el cual ponían sus canciones, algunos años antes de que llegaran a Colombia.

Por ese entonces ya Sadel era famoso en Cuba y México, en donde realizó varias películas.

Por la onda corta también escuchábamos la XEW de México y de esta manera estábamos al tanto del movimiento musical mexicano, que comenzaba a olvidar la música de los boleros, cambiándolos por baladas y rocks mal traducidos y peor interpretados.

El radio era uno de los mejores pasatiempos en una época en que la televisión y el video todavía no habían invadido el mundo.

Había tiempo para disfrutar de la música, no solo de la popular, sino también de la música clásica y conocer las obras de los grandes maestros.

Y también, gozar de la buena lectura juvenil.

Fueron mis compañeros inseparables, Julio Verne, Emilio Salgari, Pérez Galdós, Cervantes y mi gran maestro de filosofía, Manuel García Morente. Él me enseñó que hay un mundo fascinante que avanza paralelo al mundo cotidiano en que vivimos y la puerta para pasar a él.

Era tiempo de despreocupaciones, tiempo para estudiar y soñar, y también, ser un poco Don Juan y un poco bohemio.

Guitarrista, cantor.

Anhelaba darle serenata a la payanesa de la cual estaba enamorado, y cantarle con mi propia voz, como lo hacían mis amigos cantantes, Julio Cesar Alzate y Alberto Gómez, con sus respectivas novias. Quería llevarle a mi novia mi sentir, de la manera musical y poética como únicamente se puede hacer, a través de una serenata. Fue entonces cuando decidí cantarle con mi propia voz y así me convertí en guitarrista y cantor. Ahí crecí, en ese ambiente poético y romántico del Popayán estudiantil de la década de los  cincuentas.

 

Norteamérica.

Años después, emigré a los Estados Unidos, y aquí perdí casi todo contacto con mi música, con ese Popayán de serenatas, de estudiantes, de poetas, músicos, cantantes, filósofos y soñadores que quedaron allá, como en un mundo aparte, como en un sueño en el simétrico diagrama de sus calles, pequeño punto geográfico suspendido en el espacio, pero gigante en la calidad de sus gentes y sus hechos.

Sin embargo, de alguna manera me lo traje, en las canciones, en mi guitarra, en el recuerdo... y en mi propia persona, como la síntesis de una época inolvidable. Y no volví a oír a mis queridas hermanas Fleta, hasta muchos años después, cuando la casualidad me llevó a un establecimiento de discos.

 

Un disco de Elia y Paloma.

En un estante, tímidamente, como si no quisiera dejarse ver, entre el rimero de discos de jóvenes cantantes, cuyas cubiertas gritaban las estridencias de la música de hoy, cantando en español las más mediocres imitaciones de la música norteamericana, con sus baladas y rocks, se encontraba un disco de larga duración de las mismísimas Elia y Paloma, me causó una gran alegría, por supuesto, pero al mismo tiempo me pareció una irreverencia de la persona que, sin ningún miramiento, las puso en medio de esa gente.

¡Oh! ¡Malvados que así tratáis a tan distinguidas señoras, mal rayo os parta!

El disco  contenía ocho canciones cantadas por ellas y cuatro más con música de Luis Araque, el compositor español.

Demás está decir la emoción que sentí al verme de nuevo, frente a damas tan queridas.

Las canciones son anclas en donde uno deja parte de su vida y allí, en ese disco había varias, dejadas en cada ocasión, en cada fecha memorable, en cada reunión de amigos, en cada casa en donde tuvimos la suerte y la dicha de compartir risas, charlas y banquetes, en cada persona que formó parte de nuestra circunstancia.

 

Recuerdos de Popayán.

En ese instante volvieron a resonar las voces de mis amigos y familiares y el ruido de las calles de la ciudad con sus vendedores ambulantes anunciando su pan de leche caliente y las empanadas de carne. Los carreteros voceando, llevo mercados. Los vendedores de periódicos, “El Tiempo”, “El Espectador”, y “El Liberal”.

Y las voces de las hermanas Fleta cantando en los radios de las casas payanesas; ¡Qué ruido más hermoso! Si es para atraparlo con las manos y meterlo dentro del corazón!

Porque ya desaparecieron para siempre, otros sonidos otros acentos deben haber llenado el espacio payanés, la galería ya no existe, y el muchachito que vendía pan de leche se hizo hombre y el carretero, Chancaca, el maestro de la flauta folclórica desapareció, como desapareció el viejo Miel de Abeja, terror de los niños que no se comían la sopa, pues, según sus madres, y entre ellas la mía, Miel de abeja se los llevaría en su tenebroso costal.

Se fueron también personajes tan populares como, Pateguaba, Murillo, el hombre de memoria prodigiosa que pronunciaba los discursos de los políticos sin omitir una coma, y Frailejón.

Y el voceador de periódicos se trasformó en un estanquillo silente y aburrido.

El radio era tan importante como lo es hoy el televisor. La familia se reunía alrededor del aparato a escuchar las noticias, los partidos de fútbol y por supuesto, las radio novelas.

Era el llamado, cine del pobre que no tenía medios para ir al teatro. El cine del pobre no tenía límites, el único limite era la imaginación de quien escuchaba. El locutor con su voz retrataba la escena y el oyente construía en su imaginación los escenarios más suntuosos, el galán más apuesto y la mujer más bella.

El radio nos dio las horas más agradables al gusto del oyente, había programas dedicados a los niños, programas para adultos, en fin, la cajita mágica nos mantenía siempre al tanto de todo.

Nos mantenía con la emoción contenida. Todo el mundo estaba pendiente del día que Don Rafael del Junco, el abuelo de Albertico Limonta pudiera hablar, en la radionovela más famosa de todos los tiempos, “El derecho de nacer”. Y, sobretodo la música.

Era curioso ver cómo bajando por la calle sexta, se podía escuchar la canción completa hasta llegar a casa, porque de hogar en hogar se escuchaba la misma emisora y por lo tanto la misma canción, ya fuera por la galería, pasando por la panadería Nueva York, siguiendo por la tienda de las mejores almojábanas y pan de yucas del mundo, o por El Sotareño, o al frente del aviso que rezaba, Soy feliz porque me retrata Ortiz, pasando por donde las paisas, las hijas del señor de la casa de empeño, luego por la casa de América, bajando por la casa de Francia, o por la casa de Luz.

•           Estos no son nombres de instituciones, sino de muchachas-, llegando a la esquina de las Hurtado, en la casa de Daniel Peña, el vecino que me dio las primeras lecciones de guitarra. Él me enseñó las canciones de Gardel, las de Pedro Infante, los primeros bambucos que canté en mi vida.

Allí en casa ensayábamos los boleros que después hacían despertar a la muchacha del balcón florecido. A la dulce colegiala que era toda una promesa de amor y de vida, el clamor enamorado que confiesa en su canción, que la quiere como nunca quiso.

Me está consumiendo la pena y el llanto,

cansado me siento de tanto esperar,

y tú no comprendes que si sufro tanto,

es porque te quiero, te quiero en verdad.

 

 

¿Por qué gustaban tanto las hermanas Fleta en Popayán? No lo sé. Sería porque es difícil sustraerse al arrullo de sus voces, o porque el payanés nace con ese sentido especial para captar lo que verdaderamente vale?

Naturalmente me llevé a casa ese disco que para mí tenía tanto valor sentimental, por ellas mismas, por los recuerdos de mi patria, por las gratas horas pasadas en la emisora con mis amigos, Carlos Muñoz, Puchini, Luís Burkar, y por papá y mamá que cantaban algunas de las canciones que este disco contenía.

 

Sufro mucho tu ausencia no te lo niego,

Ya no puedo vivir si a mi lado no estás.

Dicen que soy cobarde,

Que tengo miedo de perder tu cariño,

De tus besos perder.

Te juro que dormir casi no puedo,

Mi vida es un martirio sin cesar.

Mirando tu retrato me consuelo,

Vuelvo a dormir y vuelvo a despertar.

 

 

Navidad.

Mañana es Navidad. Nos preparamos para recibir al Niño Dios.

Hay en las calles gran movimiento de gentes que van y vienen, ataviadas con pesados sobretodos, y ropa de invierno para combatir el intenso frío. Andan con paquetes y regalos, para dar en la Noche de Navidad a los niños y a amistades, como gesto de buena voluntad.

Recuerdo que, cuando era niño recibía muchos regalos en Navidad y cantábamos villancicos, haciendo la ronda vecinal durante los 9 días antes del la conmemoración del natalicio de Jesús. Hoy casi nadie me da regalos, más bien esperan que yo los dé, y los villancicos solamente se escuchan en el radio de vez en cuando.

El espíritu de la Navidad se ha ido perdiendo para convertirse en una celebración casi pagana, donde la espiritualidad y el mensaje se pierden en un mundo dedicado al consumismo, que casi no recuerda el verdadero motivo navideño: un aniversario más del nacimiento de Jesús de Nazaret.

Te imaginas un cumpleaños en donde hay regalos, comida, música y diversión para todos, pero en donde brilla por su ausencia el festejado? Ahora se dice, -las Navidades-, como si hubiera habido muchos nacimientos. Navidad significa precisamente eso, nacimiento y solo hubo uno, el de Jesucristo, por lo tanto creo que debe decirse, “La Navidad”.

Pensando en todo esto y con mucho pesar de ver los tiempos cambiar de esta manera, y con la dulce voz de las hermanas Fleta, como un murmullo revoloteando por mis oídos, me quedó dormido.

De pronto, me encuentro caminando por una sinuosa calle empedrada. Es una calle típica de un viejo pueblo español. A ambos lados, numerosos edificios de almacenes y negocios cuyos frontales de estilo antiguo cuentan historias de muchos años atrás; al frente, una librería en un edificio de dos pisos, de esos que se encuentran muy a menudo en estos pueblos, en donde el primer piso es negocio y el segundo es el hogar del dueño.

En lo alto un gran balcón de madera con algunos tendidos de ropa en el centro y a los lados varios tinajones llenos de plantas florecidas.

En la parte baja, una puerta doble de madera pintada de negro con una hoja abierta y una ventana de vidrio que sobresale de la acera.

El mostrador exhibe varios libros con diferentes temas, recostados en pequeños atriles. Entro, y me encuentro con un tendero, muy bien vestido, de traje azul oscuro, inmaculadamente limpio, regordete, casi calvo y con un bigote gris, bien poblado; detrás de sus espejuelos victorianos se asoman dos ojos castaños cansados por la vida, pero aún vivaces, por debajo del saco azul se divisaba su chaleco a rayas, de donde sobresalía la cadena dorada de un reloj de bolsillo.

Me mostró varios libros de villancicos, unos grandes, otros chicos, como si supiera que de eso se trataba, pero al ver que ninguno me interesaba, pues al parecer no era exactamente lo que yo buscaba, me dijo, con un acento que revelaba su origen español.

-Por favor, espere un momento-.

Haciendo una seña con la mano se perdió pesadamente entre los viejos estantes llenos de libros. Cuando regresó, traía en la mano un librito pequeño y mostrándomelo dijo sonriente.

Este sí le va a gustar.

-Son villancicos cantados por las hermanas Fleta-.

Emocionado por este encuentro, lo tomé en mis manos, lo ojeé, saltando páginas, viendo estrofas y más estrofas sin detenerme a leer nada más que los títulos.

-Sí! Éste es el que busco-. Le dije al tendero.

Salí de la tienda caminando despacio, mientras revisaba el libro con detenimiento, leyendo los villancicos, recitando las estrofas, tarareando los más conocidos, hasta que llegué a casa.

 

Mi cuartico español.

Era ya de noche. Llamitas azules y amarillas que salían de la hoguera iluminaban intermitentemente el recinto. En una esquina el árbol de Navidad brillaba con sus decenas de adornitos plateados y dorados sobre el verde manto de las ramas, en su pico se alzaba una Estrella de Belén hecha de papel plateado. Al pié, el nacimiento con José y María arrodillados  mirando hacia un montón de paja dispuesto sobre el comedero de los animales. Para completar la escena del pesebre un burrito y una vaca se hallaban recostados sobre la hierba a cada lado del comedero, sin el niño Jesús porque Este no había nacido todavía y es costumbre en algunos lugares de España colocarlo a las doce de la noche del 24 de diciembre.

Unos cuantos regalos envueltos en papel, con motivos navideños y con cintas rojas y verdes se esparcían por el piso de terracota. Al pie de mi rústico lecho se encontraba un antiguo baúl de madera de pino, lleno de cosas.

A pesar de que la noche era fría el pequeño cuarto permanecía cálido y acogedor; una guitarra colgaba en la pared al lado de un cuadro de doncellas y querubines, había varias sillas de madera dispuestas contra la pared, una mesa, sobre la que reposaban dos platos, uno pando con hojaldras y rosquillas, otro hondo con cáscaras de limón verde en almíbar, una botella de cidra, varios vasos de cristal, y un armario, colocado diagonalmente en una de las esquinas, cuya puerta era un espejo, completaban el panorama de mi habitación.

Estaba solo, tenía la certeza de que nadie estaba conmigo. No tenía vecinos con los cuales conviviera, pero no me sentía triste por mi soledad, tampoco esperaba a nadie, pues en mi existencia no había nadie que me acompañara, ni nadie que me visitara. Pero no me sentía triste por mi soledad, me sentía bien acompañado por las La Sagrada Familia, representada por  las pequeñas imágenes en el pesebre. El espíritu de la Navidad me llenaba de alegría.

Avanzaba la noche, las manecillas del reloj se aproximaban a las doce, hora cuando la tradición dice que nació El Salvador. Me disponía a extraer del baúl la imagen del Niño Jesús.

Nostalgia.

En cambio, sentía nostalgia, la nostalgia del emigrante, que se perdió de muchas cosas junto a su familia, de crecer y formarse bajo el consejo sabio de sus mayores y que ellos conocieran al hombre formado, al padre de familia, al profesional, porque un día tomó sus pocas pertenencias y se embarcó en una nave, a “conquistar el mundo”, a conocer nuevas gentes, nuevos cielos, y nuevas actitudes.

Nostalgia al pensar en los familiares que se fueron antes y que nunca volví a ver; mi tía, mi padre, mi madre y Jorge Tulio, ese tío que fue como un segundo padre para mí. Ese que fue carpintero, como Jesús, y llenó de alegría mi niñez, fabricandome trompos, valeros y carritos de madera. Ese que nos dio tanto cariño como nuestro padre.

El mismo que nos dio muchas clases de arte, al verlo con la sierra y el martillo, en el torno, o dibujando bellas figuras a lápiz, o dándonos clases de apicultura, llevándonos a ahuyentar toreadores a los jardines de las colmenas, con su rifle calibre 22, o enseñándonos el cultivo de los gusanos de seda. Ese que fue un magnífico artista disfrazado de humilde carpintero, se fue a descansar a la diestra de Dios, dejándonos un gran vacío.

Y por último, la tía María, la más joven de las hermanas de mi madre; Dios la hizo dormir plácidamente y en el sueño la tomó en sus brazos y le dijo, -Ven, ya es suficiente-.

Y se la llevó al lugar de la eterna felicidad, allí donde solo van los justos.

Triste de pensar en las personas que en ese momento estarían pasando hambre y frío, las que se encontraran en medio de la guerra, causada simplemente porque no todos los seres humanos son de buena voluntad, especialmente, pensaba en los niños del mundo a quienes la vida les a dado dolor y sufrimiento a tan temprana edad. Me sentía muy afortunado de tener un techo y un cálido cuarto dónde guarecerme de la nieve y el frío.

Inesperadamente tocan a la puerta, dejo la imagen del Niño sobre el baúl, y voy a abrir. Percibo en la semi-oscuridad dos figuras femeninas envueltas en gruesos abrigos y  gorras tejidas cubriéndoles la cabeza adornándose con ocasionales copos de nieve.

Eran muy blancas, de larga cabellera de color castaño la una, la otra de color café, con una blanca sonrisa, franca y sincera, y respirando la hermosura de la juventud.

Eran Elia y Paloma, hacía muchos años que las conocía, que escuchaba sus grabaciones, y seguía su trayectoria artística; las recibí con el cariño con que se reciben las buenas amistades.

Sus semblantes llenos de cariño y bondad y la forma tan familiar con que me abrazaron me hizo recordar a una señora que había sido vecina y compañera de colegio de mi madre, cuando niñas, y a quien nunca volvió a ver. Por una casualidad fui a trabajar a esa población, perdida entre las montañas de la Cordillera Central, al conocer que yo era hijo de Ruth Elisa, me abrazó tan cálidamente, con un cariño tan sincero y noble, que yo mismo sentí como si, a través de mi persona, estuviera abrazando a su querida y nunca olvidada amiga de la infancia.

-Venimos a cantar contigo los villancicos para el Niño que ha nacido-, me dijeron, alegres y sonrientes.

Lleno de emoción por la inesperada visita las hice pasar y las invité a que se pusieran cómodas.

Elia tomó la cajita pequeña con la imagen del Niño, que yo había dejado encima del baúl y lo acomodó en el pesebre, junto a la Virgen María y San José.

En ese momento se oyeron las campanas de la iglesia del pueblo dando las doce de la noche.

Paloma destapó la botella de cidra y llenó tres copas de cristal y brindamos por el encuentro de nuestras vidas.

Saqué el librito de villancicos y se los di. Ellas lo revisaron, subrayando con un lápiz las canciones preferidas.

Tomé la guitarra, di un arpegio para comenzar, y cantando al unísono, las dos hermanas alzaron sus voces; el pequeño espacio de mi cuarto se llenó de bellas armonías que brotaban de sus gargantas maravillosas, con los más hermosos villancicos que jamás hubiera escuchado, mientras yo las acompañaba con la guitarra y cantaba los estribillos al final de cada estrofa. ¡Qué noche más maravillosa!

Mis dedos parecían virtuosos magos desgranando arpegios en la guitarra, mientras nuestras voces en trío, daban la bienvenida al Niño Dios. Y yo estaba allí, de cuerpo presente y no sé cómo, cantando con Elia y Paloma ¡Qué momento más inolvidable!

Así continuamos durante largo tiempo cantando y celebrando el nacimiento del Niño Jesús, con la mayor alegría.

Les pedí que cantaran algunas de las canciones que tan famosas las habían hecho. Ellas complacientes cantaron varias canciones, hasta que me venció el sueño,  sus voces se fueron apagando poco a poco con la hermosa melodía Anema e Core y no supe nada más.

El día siguiente desperté mirando alrededor de mi cuarto, impresionado por las vivencias de la noche anterior. Los tenues rayos de sol mañanero se filtraban por la ventana cubierta por una fina cortina de seda, la nieve tras la ventana acentuaba los marcos de cristal.

Los cantos y las voces de las hermanas Fleta todavía resonaban en mis oídos, pero... ellas ya no estaban.

Me levanté y fui presuroso a la librería donde había conseguido el libro de villancicos. Seguramente el librero me podría decir dónde encontrarlas.

Llegué a la librería, y me acerque al anciano. Le comenté que las mismas hermanas Fleta habían estado cantando en mi casa la noche anterior, pero que el sueño me había vencido y no había tenido oportunidad de saber nada más de ellas. El buen señor me miró por encima de sus anteojos, con cara de incredulidad, y sosegadamente me preguntó,

-¿Está seguro que eran las hermanas Fleta?-.

-Estoy completamente seguro-, Repliqué

-Eso no es posible, dijo el anciano, mientras revisaba los lomos de unos libros. Luego me miró y en tono reflexivo continuó, porque las hermanas Fleta ya no existen, murieron hace ya varios años. Lo último que se publicó de ellas fue ese librito de Villancicos, era el último que quedaba. Sus discos dejaron de venderse hace varios años-.

Señor-,

Le dije, confundido e incrédulo por sus afirmaciones.

 -usted debe estar equivocado, tengo la completa convicción que eran ellas-.

El anciano continuaba hablándome, dándome razones convincentes de lo que decía,  pero yo ya no lo escuchaba, parecía como que todos mis argumentos carecían de alguna validez, ante las calmadas afirmaciones del anciano. Un nudo de tristeza me apretaba la garganta, me confundía sin lograr coordinar el presente con el pasado, la fantasía con lo real. Las impresiones de la noche anterior eran tan vívidas que podría describir hasta el último detalle lo que había ocurrido.

Salí de la librería  cabizbajo y pensativo, apretando en mis manos el librito de villancicos, mudo testigo de que lo ocurrido la noche anterior era totalmente real. Sus páginas estaban dobladas y ajadas por el uso y los nombres de los villancicos que cantamos estaban subrayados a lápiz, como Paloma lo hiciera.

Con todos estos pensamientos y cavilaciones llegué a mi casa y una vez en la habitación miré alrededor.

Sobre la mesa, había una botella vacía y, tres copas con residuos de cidra! Las rosquillas y las cáscaras de limón en almíbar habían desaparecido. La guitarra estaba recostada sobre la pared, cerca del árbol de navidad. En medio de mi tristeza y confusión, maquinalmente la tomé y traté de balbucir algunas estrofas de los villancicos que cantara con las hermanas. Comencé a pulsar las cuerdas de la guitarra, y mientras las notas se esparcían por el recinto, sentí la cálida presencia, de dos espíritus que me acompañaban.. Inexplicablemente se fue la tristeza y.. me envolvió un ambiente de paz y armonía nunca antes experimentado.

La imagen del Niño Jesús, que Elia pusiera en el pesebre, sonreía amablemente. Me miraba dulce e insistentemente..

De pronto.. como si de alguna manera, Él me hubiera hablado, comprendí que la imaginación traspasa todas las dimensiones,   haciendo realidad lo que parece imposible y que, ese Niño recién nacido me había traído  con la presencia de mis queridas hermanas Fleta, el  mejor  regalo  de  Navidad!

Fin.

 

Los siguientes son comentarios de nuestros visitantes relacionados con Las hermanas Fleta.

 

Manuel A. Gutierrez.

Subject: Melomanía.

Por casualidad, a través de un hijo melómano, llegó a mis manos su escrito sobre Elia y Paloma Fleta. No sé cómo puedo expresarle lo que sentí. Nostalgia, añoranza… Me trajo muy gratos recuerdos de aquella época en que disfrutaba con mis hijos el único disco que tenía con las canciones de las inimitables hermanas Fleta. Sobre todo el exquisito dúo interpretando "Adiós". También nos gustaban las chilenas Sonia y Myriam, pero no tanto. Lo felicito sinceramente porque su escrito, con una prosa de ribetes poéticos, constituye una verdadera joya literaria digna de un ensayista experimentado. Y me congratulo por tener la oportunidad de establecer con usted, aunque sea este electrónico contacto. Considerándolo ya un amigo.

Manuel Gutiérrez Ortiz.

Pompano Beach Florida.

 R. Gracias por compartir el mismo sentimiento y por querer poner a nuestras hermanas Fleta en el lugar que se merecen. Por favor Manuel A. Gutierrz, si lee de nuevo esta página por favor comuniquese a Customer Service. Deseo hablar con usted, pero no tengo su email. RT. Junio 2006

 

Estimado señor Tobar:
He leído con interés su página sobre las hermanas Fleta y creo que
dispongo de información que puede resultarle interesante, a pesar de que
no son realmente buenas noticias para un fan de Elia y Paloma.
De hecho, intenté hace un par de días enviarle una carta con tres
fotografías, pero era la primera vez que intentaba algo parecido y creo
que no llegó a su destino. O al menos no he recibido ninguna respuesta
por su parte. Lo intentaré más adelante.
Paloma Fleta se casó con un ciudadano norteamericano y vivió en Estados
Unidos, concretamente en Tennessee, hasta su muerte, acaecida hace unos
veinte años (ignoro la fecha exacta)

 Elia se casó con un científico español y vive todavía en Madrid.
Me da la sensación de que tras la muerte de su hermana, Elia continuó
carrera en solitario, porque recuerdo haber visto discos de ella sola en
alguna feria para coleccionistas en España (por ejemplo, uno con Tete
Montoliu)
Un saludo.
Mariano García. España.

En realidad,
desconozco totalmente qué es lo que se puede encontrar en estos momentos
en España, sobre las hermanas Fleta.  He preguntado a algún amigo de más 

edad que yo y me dice que en su época sacaron en España siete u ocho discos

 de vinilo, imagino.
Estas grabaciones serán bastante difíciles de conseguir porque, aunque
las hermanas Fleta fueron muy famosas en su día, y cabe esperar que los
discos tuvieran grandes tiradas, en España no hay demasiadas tiendas
para los coleccionistas de discos y este tipo de material es difícil de
ver. Además, está el problema de que los discos pueden resultar dañados
durante el viaje. Su precio será bastante barato, creo, pero lo
verdaderamente difícil y que llevaría mucho tiempo es encontrarlos.
Mucho más fácil, espero, será encontrar los CDS que se hayan hecho en
los últimos años con grabaciones de las hermanas Fleta. Voy a hacer
varias pesquisas al respecto y ya le comunicaré qué he averiguado. En
cualquier caso también puede haber problemas. Antes de que se cumpliera
el centenario del nacimiento de Fleta y de que se hicieran ediciones de
sus grabaciones, por ejemplo, había pequeñas discográficas (en realidad,
muchas de ellas "piratas") que grababan cinco, seis o diez discos
basándose en grabaciones acústicas de piezas de 78 rpm y luego
desaparecían sin dejar rastro. Pasado un tiempo esas grabaciones eran
difíciles de conseguir. Pero bueno, no hay que precipitarse. Voy a hacer
unas pesquisas y a ver qué pasa.
Sin más, me despido, y espero que disculpe la excesiva longitud del
mensaje.
Un abrazo.
Mariano García. Zaragoza, España.

 



Elia y Paloma Fleta, Eureka!




Estimado Rafael.
No soy un experto en la vida y la obra de Elia y Paloma Fleta, pero creo
que mis noticias son absolutamente fiables. En España gozaron de mucha
popularidad en su día pero hoy, sinceramente, casi nadie se acuerda de
ellas. (Vivo en Zaragoza, una ciudad de España, no me acordé de
decírselo en mi primer email. Pese a este olvido, de cuando en cuando
se puede ver alguno de sus discos en las ferias de coleccionistas, e
incluso, si no recuerdo mal, también hay CDS con algunas de sus
grabaciones, creo recordar haber visto alguno con el sorprendente título
de "Grandes éxitos y grabaciones inéditas".
Las fotos que le intenté enviar el otro día eran en formato JPEG. Yo
soy aficionado a Miguel Fleta, padre de Elia y Paloma, y busco todos sus
discos, en especial los de 78 rpm en las ferias de coleccionistas. Por
eso, por buscar cosas de su padre, tengo vagos recuerdos de haber visto
discos de Elia y Paloma. Las fotos que le intenté enviar, y lo voy a
seguir intentando, aparecen en un libro sobre Miguel Fleta, son
fotografías familiares y de infancia de sus dos hijas.
Le intento mandar en correo aparte una de las fotos y a ver qué pasa.

Un abrazo.
Mariano García.

Zaragoza, España.

Rafael,

Buscando en el internet encontré tu página sobre las Hermanas Fleta. Creo que es una historia muy linda, llena de nostalgia como la que experimentamos los patojos que nos vamos de nuestra bella ciudad. Yo voy con frecuencia pero salí hace 25 años y solo regreso para vacaciones. Creo que eso nos ha ayudado a detener el tiempo y a dejarlo en mi caso en los años 60as donde tengo los mejores recuerdos. El terremoto paso, Popayán ha cambiado mucho pero en el recuerdo sigue intacta.  Felicitaciones por tan hermosa página y por llevarnos en el recuerdo al Popayán que nunca olvidamos.

Saludos, Gloria Segura.

 

 

Subject: Las Hermanas Fleta.

Saludos! Precisamente, compartía yo el sábado pasado unas pobres grabaciones de Elia y Paloma con mi maestra de canto y nos preguntábamos porque no se encontraban discos compactos de esas perfectísimas voces y, sin embargo, a cualquier mamotreto que haya grabado se le han hecho CDS! Mis grabaciones en cinta cassette las hice hace mas de 15 anos de discos
33rpm ya gastados y rayados y por lo tanto no tienen la nitidez que permitan apreciar esos sonidos angelicales de las Fletas. ?Será posible encontrar en algún lado grabaciones de calidad? Yo soy coleccionista de Opera, Música Clásica y de buena música popular; y mientras buscaba informacion en el Internet me tope con la cita de las Hermanas. Fleta. !Que alegría! Esas
voces que yo por primera vez oyera en el 57 a los diez anos; y que CASI NADIE CONOCE.
me las ha usted vuelto a recordar tan gratamente con su ensayo tan interesante! Espero con anticipación su "completar estas paginas sobre las Hermanas Fleta.", Pero me interesa enormemente conseguir mas grabaciones de ellas. Las que tengo, mal grabadas, se limitan a
"Anima e core", "No puedo ser feliz", "Dama de España". el bestial "Adiós" (que hasta que Plácido Domingo no lo resucitara en su primer "De mi alma latina" no lo oía!, y otros.
Contácteme, por favor, si tiene algo mas de ellas; y claro, una biografía. Atentamente,

 

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